Imposible vislumbrar cómo habría hecho ella para saltar la valla del horizonte pero hacía soles que venía nadando hacia aquí, a concienzudos zarpazos que abrían brechas en zig-zag al rasgar de espuma blanca ondulante el inamovible póster donde, tarde a tarde, me solazo contemplando esa densa alfombra que el mar amuebla de chispeantes luciérnagas; este lecho incandescente y deshabitado que acomoda cada noche la honda estela del sol, desde la otra orilla del poniente hasta la arena de la playa.
Imposible recordar también a ciencia cierta quién era yo, antes de ser el que soy. Mucho menos de qué mágico crepúsculo se podría haber descolgado esa bujía, esa diminuta persistencia que no deja de reverberar, en continuo acercamiento descendente, avalancha silenciosa de un tiempo que ya no está en otra parte, partiendo en dos la postal. Y es así que su presencia deviene más y más objetiva con los años, al igual que de su antiguo núcleo neutro se dejan ya adivinar unos brazos como piernas; unas piernas como alas que no dejan de nadar a contra luz.
Pero el frescor que hoy me levanta de la arena no es un soplo de este mundo. No es casual que de las plantas agrietadas de mis pies broten ahora unas diminutas alas, saladas de escarcha blanca.
A mi corazón de naúfrago no le queda más remedio que hacerse cargo. Y es por eso que ahora deja de latir unos instantes; a la busca de poder recomponer una mirada amable. De inventar una cálida sonrisa de bienvenida a mi playa.
A tu playa.
A la playa.


3 comentarios:
No vengo de Doña Ines, sino de Viernes aun siendo domingo.
Y sin brazos cansados si son tus palabras las que arriman a la playa
Te diré un secreto: a mi me pone más el Viernes que la Doña Inés.
Entre brazos y palabras no cabe el cansancio.
Dicen.
¿Y ese uno?
Ese uno aun deseo que te lo ganes...pero vas camido de los mil en una.
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