miércoles, 11 de febrero de 2009

Provisional

No se trata de escalar el Everest. Los más bravos y heroicos pechos ya se han partido el alma a golpes de hielo y roca para alcanzar la cumbre más alta. Y una vez allí, el mundo a sus pies y los pulmones bañados en cielo, estirarse de puntillas todavía y dar saltitos de impotencia para comprobar que la luna se mantiene igual de inalcanzable. Aún más redonda, más fría, más lejana si cabe; aún más clara.



Tampoco parece una buena idea hacerse astronauta. Más allá de la atmósfera-matriz se detiene el segundero y la existencia se reduce a una etérea suspensión entre monstruosos relojes congelados en la nada. De qué sirve entonces alcanzarla, alunizarla, pisarla, habitarla; si te encuentras atascado al borde de un parto interrupto, abrazando un siniestro cordón umbilical sintético y gritando desconsolado a esa hermosa bola azul que gira sobre sí misma: ¡MAMÁÁÁÁÁÁÁ.................! ...nada de eco.



Y mucho menos se trata de zambullirse desnudo en el lago Titicaca, donde la inmensa esfera de plata no es más que un reflejo que se ablanda y se dispersa, huye, al cortar la superficie del agua; para volver al instante a recomponerse, intacta. Mientras, uno continúa su viaje a contra fuelle, empecinado, sumergiéndose más y más tras el rastro de esa diminuta perla blanca que brilla en el fondo, para acabar comprendiendo, demasiado tarde, que no tiene nada de selenio. Que es puro calcio y se parece demasiado a su propia calavera.

No. No se trata de nada de esto. Es más, no hace falta ni salir de casa.

La jalea irreal no es real, como su nombre indica; pero es jalea, y jala. Apenas se requiere un poquito de constancia y un mucho de fantasía. A la luna hay que pescarla sin que quiera darse cuenta. Si yo lanzo un hilo por mi lado, y tú lanzas otro hilo de tu lado, tal vez Ella se vaya dejando poco a poco engatusar; vaya cediendo en altura y regalando en distancia. El secreto está en no dejar de hablarle, de cantarle a dos voces; aunque éstas no estén del todo sincronizadas, Ella, la luna, las percibirá desde su tiempo con ese mágico efecto del estéreo atomizado y se sentirá más arropada y por lo tanto más dócil, más confiada.



Sólo entonces, cuando al fin se vea, sin querer, aterrizada, y pose su inmensa mole reluciente sobre mi ventana, te convidaré a mi casa, para festejar contigo esta dulce luna llena conquistada. Y entonces sí, día a día, iremos entre los dos poco a poco, tarde a tarde, vaciándola.



A besos. A sorbos de noche y alba.


2 comentarios:

Zángano dijo...

Me permito colgar aquí, para eso es la colmena, el original.

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Anónimo dijo...

La reina no ronronea por que esta perezosa y no quiere batallar...por ahora.

novecientos noventa y nueve...y me deves dos...